
“- Y el malestar invadiéndome como un animal. Entonces me di cuenta lo que había sido. La música que había subido del piso era la de nuestro viejo amigo Ludwing Van, y la temida Novena sinfonía. De repente videe lo que tenía que hacer, lo que había deseado hacer, y eso era matarme. Estirar la pata. Volarme para siempre de este mundo cruel y malvado. Un momento de dolor quizás y después dormir. Para siempre, para siempre. “